11/1/09

Calvario

El hombre desciende cabizbajo la escalera de cemento tapándose la cara con las manos notoriamente sudorosas y demostrando una sensación de lamento. Cierra abruptamente su puño y golpea furioso la pared que estaba, hasta ese momento, intacta. Entra a la ducha y deja caer sobre su cuerpo agua fría. Era tal su dolor sentimental y físico que no le daban las fuerzas para abrir la canilla que larga el agua caliente. Luego de 10 minutos, bajo la constante caída de agua fría giró la llave y se envolvió en una toalla tan blanca como la dura pared que él había golpeado. Pared que miraba atónita las insólitas reacciones de un hombre al que se le habían tocado sus puntos más débiles y lo trataba de canalizar por medio de la violencia.
Se secó todo el cuerpo y aprovechó para quitar alguna lágrima que sin ser llamado, bajaba desde su ojo y se deslizaba suavemente por su rostro. Abrió el casillero que le correspondía, tomó ropa para ponerse cómodo y se sentó a esperar. Tiró lo que tenía puesto antes de bañarse, al piso donde yació un rato hasta que alguien la levantase. Al finalizar se sentó en un gastado banco de madera que había allí. Como en una película, dejó caer su cabeza sobre sus embarradas manos al tiempo que un líquido acuoso, llamado lágrimas le cayera de los ojos.
En el reinaba el enojo, la ira, la tristeza y la impotencia. Nada podría este hombre hacer frente a la situación que le tocaba enfrentar. Se paró lentamente como si hubiese afrontado finalmente el problema, pegó un golpe en su casillero que le dejó como consecuencia mucho dolor. Este sentimiento acompañado por algo de sangre que caía de su mano, se sumaba a todos los anteriormente mencionados. Se quedo allí un buen rato, 30 minutos para ser más precisos. Él, que había sido el primero en bajar las escaleras, esperaba que el tiempo pasara lo más rápido posible. Eliminar esa sensación de extrema soledad que sentía era su prioridad principal de momento. Como siempre que uno quiere que una situación acontezca con rapidez, la misma sucede con una lentitud increíble. Esto muchas veces nos hace perder la poca paciencia.
Mirarse al espejo, sentarse a reflexionar, acomodarse el pelo y suspirar cada 5 minutos fueron sus actividades durante la extensa espera. Por dentro se lamentaba y buscaba compañía y si era posible apoyo y compasión tras el error cometido. No era la primera vez que tenía que bajar esas escaleras sin poder dejar de lamentarse.
Finalmente y para su alivio bajaron los demás. Sus primeras reacciones fueron preguntarle que le había pasado e intentar aminorar el dolor que sentía por la acción que lo obligó a tener que descender las escaleras. El y sus compañeros salieron con una gran calma por la puerta de metal y se subieron al ómnibus cuyo chofer hacía un rato los aguardaba. Él mira al chofer de mala manera, para que notase su enojo y con el objetivo de que no le interrogase sobre nada de lo acontecido. En medio de caras de abundante felicidad contrastaba su cara de descontento y de extrema ira.
Sus compañeros se retiraron felices por su desempeño tras subir la escalera y anhelando volver el fin de semana siguiente e intentar repetir la actuación. Él sin embargo sabía que no podría volver allí el sábado o el domingo. Tampoco lo podría hacer en la semana siguiente, por la violencia aplicada en la acción. La misma lo condujo inevitablemente a bajar las escaleras y a quedarse esperando en absoluto silencio y aguardando por los demás.
Esta es la historia de los sentimientos vividos por un futbolista. El mismo fue expulsado (roja directa) por una acción violenta. Sensaciones encontradas vive el hombre en el vestuario y pasa fugazmente por distintas etapas emocionales durante su interminable estadía en el vestuario. ¿Falso lamento obligado o verdadero dolor incontrolable?
Agustín Amoretti

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